Heart Crash Attack
Oct05

Heart Crash Attack

LA CANCIÓN DEL BISONTE    La tarde se vistió de otoño para recibir la presentación del foto-libro Attack-Crash-Heart de José Badás en el MUSI de Langreo.   Con pantalón negro y polo crema, estilizado. De pelo fino, rubio y ralo, con más perilla que barba, navegaba el autor.   No lo conocí hasta ese instante, y tuve la impresión de que se asemejaba a esa mujer de luto sumida en sus oraciones ante el respaldo de un banco de la iglesia de turno, con la vista clavada en un Jesús de madera, y al finalizar el rezo, su rostro tiene la expresión de quien acaba de despertar, para de seguido, adquirir la inefable melancolía de todo cuanto vive.   La obra, con guiños simbólicos, abstractos, amasados en tiras de tebeos, sin moralina ni moraleja, gira a ritmo concreto en torno a un drama personal; momentos de oscuridad, tierras en peligro, sentimientos que atormentan, pesquisas en el tiempo, olores de madreselva al atardecer.   Cuando comencé a escuchar la planificada pormenorización de los estados físicos y mentales por los que atravesó el autor, relacionándolos con objetos observados en las calles, plasmados posteriormente en obra fotográfica, quise levantarme y salir del lugar a toda pastilla.   El relato me trajo a la mente dolorosos recuerdos, fragilidad, amargura. Era como estar en un falso llano donde decanta el agua tras la tormenta, hirviendo en siesta, entre efervescencia de charcos y aire de vendedor de trapos que avanza día a día achinando los ojos, como a tientas. No podía con ello pues era como caminar con la seguridad de un sonámbulo.   Pero la casualidad hizo que entre mis manos reposara el foto-libro por la última fotografía: un desnudo lateral del autor con su mujer, abrazados, transformando la pena en deleite como quien tañe una guitarra.   ¡Qué curioso me resulta el apelativo foto-libro! Opuesto al propio nombre: libro. ¿Será por aquello de la cuestión comercial?   Las personas tendemos a ser ambiguas y ambivalentes con respecto a nuestros pensamientos y emociones, aunque de cuando en cuando, alguien tiene la comprensión consciente de cómo es su mundo, e inflamándose de interés y pasión es capaz de reflejar enorme riqueza y complejidad. Así, el significado se encuentra en la proyección sobre la obra de las emociones vividas por José Badás, el cual no confunde la luna con el dedo que apunta a ella.   Descripciones abstractas ilustrando experiencias reales. Como verse en un océano retomando una existencia anterior de nómada, compartiendo los trabajos y las frugales comidas con un puñado de marineros lanzados a la aventura en un barco clandestino, durmiendo sobre el puente...

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SILLE SANAT
Sep06

SILLE SANAT

              El pasado viernes día tres, acudí a la Pinacoteca Eduardo Úrculo en Langreo, lugar donde se inauguró la exposición fotográfica Sille Sanat Sarayi.             Cuando acudo a estos lares fotográficos me olvido de todo, y aunque en apariencia sereno, mis facciones denotan la excitación del momento. Lo sé, porque sin quererlo aprieto los dientes.             Carezco del poder bivalente del fuego. No soy pariente de Hefestos. Mis conocimientos del mundo onírico se ubican entre la penumbra del pasillo y mi barba enmarañada. Luego no comentaré las expuestas en Sille Sanat.             En la pinacoteca, las fotografías hablan un idioma diferente. Son un murmullo extraño, quizá confuso, que parece provenir del interior de los fotógrafos que exponen. Me detuve para escuchar con atención, mientras en el exterior, un sol apagado brillaba a través de un ligero velo de nubes             Cada animal, cada árbol, cada brizna de hierba es radicalmente distinta en los diversos continentes que alberga la Tierra. Las fraccionadas imágenes avivan la curiosidad. Cada mirada es expectación e invitación a la exploración, quizá fugitiva, quizás a una reflexión cogida al vuelo, quizás a el rincón de un drama. Es lo único que permite comprender e interpretar esos horizontes fotográficos, esos pulsos cortos en pausas largas, libres, brillantes, que de otro modo serían estériles.             Las tomas poseen la facultad de trasponer de espectador a morador, a formar parte de ellas, como la Vía Láctea.             Aprecio que cada fotógrafo lleva en sí un mundo compuesto por todo aquello que ha vivido, odiado, amado. Yo lo traduzco a la conmoción causada por la especia de la pimienta durante el reinado de Enrique IV de Inglaterra. Ésta enloquecía a los ricos de tal manera, que la corte ponía sus granos en estuches para mordisquearlos. Esas sacudidas visuales, olfativas, ese calor subiendo por los pómulos e instalándose en los ojos, esa quemazón exquisita en la lengua agregaba un nuevo registro a los teclados sensoriales. Así, los autores han podido elegir y mostrar a posteriori, lo que a los dioses le sobran y otros rechazan.             Quizás hoy en día, mi máxima pasión—aparte de los dos Miuras—sea descubrir novedosas realidades, cambios en la percepción, dimensión y significados que otros fotógrafos plasman por medio de su capacidad de observación y creación. Algo similar a un eclipse lunar, que con tiento anoto su inicio, evolución y final, para después, atreverme a comentarlo.             No trato precisamente de cumplir con mi destino, sino más bien de intentar toparlo. Eso es lo que cebo averiguar. Hacia donde me dirijo. Al infierno, acaso.             En la impávida soledad de la pinacoteca, entre muros y aceras,...

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¿Y tú qué sabes?
Jun27

¿Y tú qué sabes?

Todo empieza con preguntas, y cuanto más reflexiono, todo se torna complejo. Esto en sí, es un acontecimiento símil al agua de lluvia filtrada por la tierra caliza, con charcos aquí y agujeros aquí y allá intentando retenerla. De ahí el nacimiento de horas tensas de lucha perpetua, de violencia asesina. Cuestiones con respuestas a modo de cenefas decorativas.             Reconozco mi incapacidad de hallar la manera apropiada de enfrentarme a la denominada “fotografía creativa”, pues más que fotos, veo a un niño grandote y hermosete, hablando atropelladamente y desplegando su inabarcable fantasía reflejada en imágenes.             Digo imágenes en lugar de fotografías, porque, aunque la herramienta y el lenguaje utilizado es el medio fotográfico, el resultado son imágenes de representaciones mentales gráficas.             No soy partidario de los collages fotográficos creadores de contrastes inesperados. Colisionan con mis ideas—posiblemente equivocadas, –quizás porque ando vagando de un lado para otro con la disconformidad a cuestas. Quizás porque no puedo entender una fotografía si previamente no comprendo el modo en que concuerdan sus diversos componentes. Ausencia de entendederas.             No obstante, debo confesar, que durante la emisión mi curiosidad iba aumentando conforme discurría. Las creaciones complejas de Gorka parecían salidas de una intuición casi divina, como Minerva de la cabeza de Júpiter. Esto me hace entrar en una nueva dimensión cuya entidad es diferente a la que practico, y a la par tan cercana.             El autor, aporta soluciones variadas a inquietudes concretas. En eso consiste la creatividad.             La libertad de Gorka para pescar dentro de un mar de sensaciones, de conocimientos, posiblemente son el fruto de las interacciones personales con otros individuos que persiguen idéntico objetivo. La emisión de Zoom lo charra. No hay por tanto magia en la creatividad, sino en el estímulo adecuado que de improviso asoma a su mente—o la de cualquiera—como consecuencia de algo que ha visto, leído o escuchado. Un fotógrafo aislado tiene escaso porvenir.             Evolución, mendigo siempre a tu lado, fastidio del destino.             Las imágenes me retrotraen a los “tableaux vivant” de Oscar Rejlander y Peach Robinson—1856/1857—los cuales preparaban bocetos a lápiz o carboncillo, luego, montaban la escena para posteriormente capturarla con la cámara. Si no era suficiente el efecto logrado, superponían diversos negativos—hasta treinta y seis en The two ways of life—obteniendo la escena exacta que buscaban.             Carezco del toque virtuoso de Gorka, de esa especie de mutación biológica capaz de transformar las escamas de los reptiles del Triásico, en plumas de aves planeadoras que, al batir de las alas, vuelan en cielos abiertos donde no susurra el aire, ni los lobos aúllan al viento.             La sesión en...

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DE LO LEJANO A LO PRÓXIMO
Jun14

DE LO LEJANO A LO PRÓXIMO

La pinacoteca Eduardo Úrculo de Langreo, y dentro de la sala de exposiciones FIAF—no sé por qué siempre acabo diciendo FIAT—acoge la obra fotográfica NAMASTE, de los fotógrafos África Márquez y Carlos Carmona.             Llevo una semana, fotográficamente hablando, siendo invitado, y, por ende, testigo de sendas inauguraciones fotográficas claramente diferenciadas. Tanto por el lugar de exhibición (Hospital Valle del Nalón, pinacoteca Eduardo Úrculo), como por la temática expuesta. Algo muy emocionante.             No obstante, si la sita en el Hospital refleja una preocupación actual y concreta, la ubicada en la sala FIAF, su anhelo se me escapa. Esto me abre el apetito inquieto, obligándome a reflexionar sobre su materia—social y fotográfica—a modo de monje capuchino de convento, paseante de sombras, impresiones y recuerdos. Con un cierto temor a caer en lo etnográfico.             Lógicamente he estado con los autores, y escuchado la urdimbre de su obra. La emoción, el impacto profundo que les causó un continente como la India. Teatro de euritmia y sugestión. Evasión del tedio sospechoso de incurrir en ajada manidez.             Relatos fotográficos en forma de libros, exposiciones o álbumes sobre la India, los hay en cualquier parte, pero en ellos, la preocupación por el efecto—sí, la dichosa primera impresión—domina en demasía, tanta como para que no se pueda apreciar el valor del testimonio que se da. No suelen despertar el espíritu crítico, sino que la vulgaridad y la trivialidad aparecen transformadas en revelaciones que el autor santificó. ¿Qué se puede obtener de esos trabajos? Migajas insípidas de información que deambulan por todos los manuales habidos y por haber. Para colmo, al autor no le tiemblan las piernas en presentarlo como testimonio y revelación original.             No me cabe duda de la existencia de excepciones. En NAMASTE, el cartel de presentación de la obra, me indica el primer cambio. A modo de Joquer, dos hombres, uno en color, el otro en ausencia del mismo, miran al visitante mientras se unen por las narices. El que tiene una especie de gorra sobre la cabeza, abre los ojos al nuevo mundo, el que carece de ella, entrecierra los ojos. La piel arrugada contrasta con la lisa del compañero, Fondo enfocado, fondo desenfocado. Un buen comienzo con el cual marcar diferencias. Y continúa.             Dentro de la sala FIAF, las imágenes, en global, se intercalan entre el blanco y negro desdramatizado, y el toque preciso, justo, de color. Las treinta y pico fotos—no recuerdo el número exacto—se dividen en retratos magníficamente ejecutados—color—y una mezcla no definida de documental/social/Street—blanco y negro—resueltas con una maestría que ya me gustaría.             Individualmente, las fotografías parecen despojarse de todo lo material para...

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HIJOS DE UN TIEMPO PERDIDO
Jun11

HIJOS DE UN TIEMPO PERDIDO

El pasado día 9 de junio, previa invitación, asistí a la inauguración—con la tele presente y todo—de la exposición fotográfica: Ángeles. Las mil caras del covid. El autor: Lujó. El lugar de la presentación: el Hospital Valle del Nalón, en Langreo. Apropiado para el evento. Se trata de un conjunto de retratos cuyos protagonistas, de una manera u otra, forman parte del sistema sanitario actual. Es decir, de nuestra primera línea de batalla y contención. Aquel que edifica su singularidad en múltiples universos, permitiéndole crear y establecer una ruptura respecto a la desesperación covid. Pero en esta vida nada es gratuito. Todo tiene un precio justo o injusto: miedo, muerte, condicionantes y sentimientos personales implantados por una situación nueva desconocida. Espero que algún día, el gobierno chino diga la verdad de lo acontecido, y solicite el perdón del mundo. ¡Pangolinos, pangolinos, chivos expiatorios de laboratorio! La serie, efectuada en ausencia de color, ambientada en ocasiones, en otras, no, va desde los primeros planos a los planos medios y viceversa. Gafas, mascarillas, gorros de trabajo, sonrisas, miradas cautas, de preocupación, confiadas, expectativas, tristonas, esquivas, teléfonos, mesas, hablan de un bosque oscuro y profundo, de un río desbordado anegando la tierra fértil, de oscuras sombras imprecisas donde ni el pasado ni el futuro son calculables. Al contrario de lo esperado, el blanco y negro no dramatiza las figuras ni su entorno, pues el tono general es muy suave, casi cándido, como queriendo mostrar una magia inherente al presente, dado que el futuro no toma aspecto hasta quizás mañana. Los desenfoques y los campos de profundidad van tras la expresión idónea de cada figurante, evolucionando—con los jurados de los concursos fotográficos, esto no acontece—en respuesta a las cambiantes realidades de los sentimientos humanos que documenta. Cada fotograma—la serie bien podía decirse de cine negro, o compararla con éste—aparte de indicar el preciso lugar de trabajo de los actores, en el lado derecho de los cuadros, un apelativo—quizás cariñoso, quizás no—indica las cualidades subjetivas que el autor—no olvidemos su pertenencia al sistema sanitario—ha observado como cualidad propia e individual de los protagonistas. Qué duda cabe, la muestra es una delicadeza visual realizada con mimo y frontalmente opuesta al pasotismo actual e imperante. En sí, no trata de llamar la atención de la sociedad sobre la pandemia, sino que se trata de un sencillo pero honrado homenaje a quienes están sufriendo en las trincheras. ¿Ángeles como indica el título de la obra? Ni mucho menos. ¿Demonios acaso? Tampoco. ¿Entonces? Profesionales en sus lugares correspondientes. No soy periodista y carezco de madurez fotográfica. Esto no es impedimento para ir un poco más allá de lo...

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